jueves, 1 de julio de 2010

La pinche vieja se está escapando.

La señora Márquez asomó su cabeza por el agujero que había dejado su primer ataque. Miró hacia el precipicio, nadie había salido herido, algunos en la calle volteaban hacia arriba preguntándose de donde habían venido aquella rocas voladoras. Entonces, desde los cielos, la señora Márquez gritó, y gritó, y gritó hasta que la garganta ya no le dio respuesta. Cayó sobre el suelo lleno de polvo de la cocina y comenzó a llorar, como lo hacia siempre que pasaba por una emoción fuerte.

Tres años antes, su marido y ella reían en el Ritz, con tres copas sucias en la mesa y un paté de iguana a medio acabar. Los ojos se cruzaban sobre las facciones del otro, y experimentaban un placer nunca antes descrito. La señora Márquez apretó las piernas, y sonrió, su marido solo la miraba expectante, a través de aquellas gafas de abuelo usadas, con esa mirada que solía derretir los deseos de algo mas que no fuera la compañía mutua; morir juntos, en el mar, lejos de todo, cuando su hijo ya no estuviera, cuando el destino llegara a cobrarles factura por tanta felicidad.

Al Ritz le siguió su cama, Genaro dormía silenciosamente, nadie podía ser testigo de la batalla carnal que acontecía entre sus sabanas, hombre y mujer, juntos por primera vez en años, juntos, sudando, jadeando, diciéndose frases incomprensibles al oído, con el estomago caliente, con el pecho inflándose de olor del otro, con sus uñas se clavándose en la espalda y la primera pared fue derribada, se reconstruyó y el mazo regresó a su dueño, todo iba hacia adelante y de regreso a su momento inicial , después de eso, humedad bajo los ojos, Márquez lloró por primera vez después del coito, su marido la consoló la noche entera.

A través de la pared, mas allá del cableado y la cal, Liliana la chica del aseo escuchaba todo, con una mano entre las piernas. Ella al igual que la pareja hace unos segundos se encontraba a punto de estallar. Entonces escuchó el sollozo y paró, volteó a ver la foto de su marido y comenzó a llorar también, se pegó un par de veces en la cabeza, se obligó a recordar que eso no podía estar sucediendo y que alguien la iba a castigar por haber sentido esas cosas.

Tres años después Liliana vio a la señora Márquez llorando, tirada en el suelo, con la falda hasta las rodillas y la cal ensuciando su piel. La miró pidiendo ayuda de nuevo, como la niña pequeña que siempre habia sido, como la estupida niña berrinchuda que siempre habia sido.

Tocaron la puerta. Márquez se levantó asustada, se arregló la falda y se limpió las lagrimas de la cara.

- Ve quién es Liliana - Dijo con la voz aun débil.

Liliana se dirigió lentamente hacia la puerta mientras Márquez se limpiaba las rodillas con un poco de agua del lavabo, volvieron a tocar la puerta con mas violencia. Liliana se preparó para soltar la primera frase.

- ¿Quien es?

Una voz seca se coló por la puerta e hizo retumbar el corazón de Liliana.

- Señora es la policía ¿Qué hago?

Márquez pensó, pensó mucho tiempo antes de darse cuenta de que a lado del hoyo que acababa de hacer había un balcón lo suficientemente cercano como para escapar, como para tener una nueva vida, lejos de todo, de las consecuencias, de los juicios, de la vida sin sentido que hasta ese momento había llevado. Entonces dijo con la misma voz con la cual dicto la sentencia de destrucción a la pared.

- Mandalos a chingar a su madre Liliana, vámonos de aquí.

De un solo salto logró afianzarse del barandal del balcón. Tomo un poco de aire y miró hacia el precipicio, varios valet parking tomaban videos de su ropa interior blanca mientras un par de señoras gritaban frases como “se está escapando, la pinche vieja se está escapando”. No se rindió ahí, aun faltaba Liliana, como pudo giró sobre el barandal y cayó ya dentro del balcón. Del otro lado la chica la observaba congelada de miedo.

- Pásame el pinche mazo no te quedes ahí como mensa.

Liliana salió de su trance como si le hubiera dado una cachetada. Después de recuperado el aliento cargo el pesado mazo hacia el precipicio y se lo aproximo con los ojos cerrados a la señora Márquez.

- Ahora vas tú mujer.

- No puedo señora, le tengo miedo a las alturas.

Once años antes, en el poblado de Acambay, frente al desfiladero del tuerto (apodado así, por un incidente legendario donde un hombre tuerto, deprimido por una vida llena de burlas, decidió terminar con su vida arrojándose desde aquel mismo desfiladero) Liliana se encontraba manoseándose con su novio en curso; Miguel, quien después de varias semanas de insistencia había logrado un noviazgo con ella.

A la chica le gustaba Miguel, era alto, luchón, moreno y buen besador. Le gustaba tanto que Liliana no pudo evitar ponerse salvaje y arrojarlo sobre la tierra, para después montársele como fiera. Los dos jadeaban, jadeaban fuerte, tan fuerte que un perro salvaje de esos que sólo existen en provincia, decidió acercar su hocico a aquella zona, en busca de algún conejo agonizante. Lo que encontró fue una pareja ruidosa, con suficiente carne como para saciar su sed de violencia por varias semanas.

Liliana escuchó el primer gruñido cerca de su oído, para cuando volteó la fiera ya había comenzado a atacar la pierna de miguel. Este, en un intento por lanzar al perro hacia el vacio aventó a Liliana y comenzó a pelear cuerpo a cuerpo con la fiera, cada vez se acercaban mas al precipicio. Ella solo observaba, sin decir nada, en trance. El perro salvaje tomo carrera y de un brincó mordió el cuello del muchacho, el impacto fue tan grande que Miguel se hecho hacia atrás, tan atrás que no pudo conservar el equilibro y cayó sobre aquel desfiladero, el cual ahora, lleva su nombre.

- Bueno, intenta cerrando los ojos, pero salta, no quiero que nos agarren.

- ¿Y Genaro señora?

- Genaro es menor de edad, no le van a hacer nada, ¡Salta!.

Liliana cerró los ojos y recordó la cuerda, la víbora, el avión pintado en el suelo, se imagino que era una bola de papel mojada y sus lagrimas venían de la llave, dio un salto lento, casi eterno. Extendió la mano y esperó por medio segundo que alguien la tomara.

Pero no sucedió.

Para cuando Liliana abrió los ojos la señora Márquez la miraba desde las alturas, con los ojos llenos de miedo. Entonces la escuchó una vez mas, cerca de su oído, susurrándole que estaba muy borracha, que los días eran pesados y que desde siempre había tenido ganas de experimentar, la escuchó con los ojos llenos de lagrimas y un “señora todo va estar bien” que fue interrumpido por el estruendo que hizo su cuerpo al caer sobre el asfalto.

Liliana Medina, 32 años de edad. Dos hijos, marido difunto, empleada domestica.

- Ya estas mi reina, ya te tengo, ¿ves que fácil era?

Liliana abrió los ojos una vez mas, la señora Márquez la miraba fijamente mientras le sostenía la cara con ambas manos, el asfalto se veia tan lejano desde el balcón.

- ¿Ves que fácil era?

Liliana miró hacia el cielo, volvió a creer en los milagros.

- Ay señora, yo pensé que no lo iba a lograr.

Diana Márquez rompe el vidrio de la sala con el codo, atraviesa el departamento del vecino con una furia nunca antes vista, no hay nadie en casa. Intenta abrir la puerta, el mazo termina el trabajo, baja las escaleras berreando, cae en el ultimo escalón, entonces golpea el suelo y grita el nombre de Liliana hasta que escucha a los policías atravesar la puerta principal del edificio. Toma su mazo de nuevo, es hora de atacar, comienza a golpear el primer muro que encuentra, los policías suben por el elevador hacia el departamento, ella sigue, los policías ven la puerta de las escaleras abierta, el muro esta a punto de caer, se escuchan pasos un piso arriba,

Un martillo sale volando por entre un hoyo en la calle Yuridia, después, una señora llena de cal emerge del agujero y cae sobre el asfalto. Un hombre moreno y gordo se acerca a ayudarla, ella voltea a verlo, se miran un largo rato, ella lo abraza y se quedan ahí, mientras los policías extienden su manos a través del agujero en un intento vano de alcanzarlos. Nadie entiende bien la escena, solo observan, expectantes, como escapan de las fauces de los policías, cómo doblan en la esquina y desaparecen para siempre.

Al otro lado de la cuadra, por entre los escombros, se escucha una voz que grita, como si fuera una sirena de simulacro: “Está viva, esta señorita aun está viva”.

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