miércoles, 7 de julio de 2010

La balada del puerco negro.

Un mazo enorme cubría la ciudad esa tarde, los rostros de todos voltearon a verlo, sin miedo, con una gran sonrisa en el rostro. Liliana bailaba arriba de un edificio y la señora Márquez corría, ella era la única que sabia que estaba sucediendo. Entonces abrió los ojos y vio a aquel hombre encima de ella, penetrándola fuertemente, dio un pequeño gemido y el mazo cayó sobre todos, haciéndolos mierda; negocios, paredes, manos, se comprimieron bajo su fuerza y gritaron de dolor, un gran mar de sangre emergió de las orillas del mazo y salpico todo el interior de la republica, lo sentía cerca.

- Te siento totalmente dentro de mí, eres fantástico. 


El hombre siguió embistiendo al ritmo de su jadeo, recordaba todo y lo olvidaba a cada empujón. Esa noche las estrellas brillaban tenues y el seguía ahí, dando su alma a un cuerpo que ya hace tiempo estaba muerto.

“Puerco Puerco” gritaron los niños en el parque veinte años atrás, y el hombre se encorvó sobre sus piernas y comenzó a llorar. Poco a poco sintió la enfermedad que cubrió su rostro por el resto de su infancia. Abrió los ojos de nuevo. El placer se transformó en dolor y el cadáver frente a el seguía gimiendo.

Ella lamía la sangre del suelo, tratando de recobrar un poco de humanidad mientras le gritaba pestes al mazo que acabó con todo lo que conocía. Los dos, sonreían con el dolor perforándoles la piel. Los dos, empujaron y un agujero negro se abrió entre sus realidades. Un niño fue masacrado entonces por la señora Márquez, mientras que el hombre al que llamaban puerco, sostenía el mazo gigante para salvar a la humanidad entera.

Y así siguieron, hasta que les llegó el orgasmo.

Horas antes, en alguna estación de metro los dos reían, sin ningún chiste de por medio.

Los pasajeros miraban indiscretos la extraña condición de la nueva pareja en el vagón, una pareja inestable y dudosa que los hacia cuestionar su propia vida a cada beso falso que se daban. Mucha saliva y poca experiencia, eran como un par de adolescentes huyendo de la escuela, el deseo indefinido que uno tiene al pensar en el amor perfecto. Una idea, un símbolo de ingratitud hacia las barreras del subconsciente. Reían sin ningún chiste de por medio, hombre gordo, señora herida.

La señora Marquez cayó sobre el cuerpo abultado de su pareja, miró hacia la ventana sucia del departamento.

- ¿En qué piso estamos precioso? 


El quinientos uno era el departamento mas misterioso de aquel edificio, los vecinos murmuraban cosas cada vez que su único inquilino cruzaba frente a sus puertas, jadeando como todas las noches, nadie sabia su nombre, decían que era un asesino a sueldo, un fantasma de ciudad de esos que comen y se comportan como vivos.

“Ese hombre está como muerto, algo muy malo le ha de haber pasado” comentaba la del dos, una tarde en que el puerco regresaba temprano, con su cara destrozada por tanta realidad subterránea. Sin embargo entre las adolescentes del edificio las creencias eran otras, aquel inquilino de piel morena había provocado un efecto poco común entre las jovencitas; les carcomía la entrepierna, a cada una de ellas. Todo comenzó meses antes, cuando la morocha decidió hacerle platica iniciando la conversación con un ligero:

- ¿Por qué no te has casado puerco? 


Al lo que el respondió, con su voz suave y conquistadora.

- ¿Para qué? Todas las mujeres me terminan aburriendo. 


Después de eso la morocha comenzó a espiarlo, tocaba su timbre para ver si el hombre salía desnudo, siempre tratando de descifrar su misterio, lo observaba, todos los viernes en la noche, llevando chicas a su departamento, las escuchaba a través de la puerta gimiendo como locas y suplicando que la noche no acabara, también las veía bajar del quinto piso con una gran sonrisa melancólica después de pasar la noche con aquel hombre. Entonces la leyenda fue escribiendo por si sola, en el patio, frente al portón, a través de los teléfonos y de las notitas en el salón de clases. Nadie se imaginaba la verdad escondida bajo sus muebles.

- Me quiero parar precioso, ya me duelen las piernas.

El hombre desmonto a la señora Márquez dando un pequeño gruñido, el cual fue correspondido por ella con uno mucho mas femenino y sensual. El hombre sonrió y entre las sombras se pudieron notar sus dientes, blanqueados dos días antes en el consultorio de su ex amante.

Las mujeres se combinaron en su cabeza como pintura sobre godete antiguo, exhaló un aire con olor a aguarrás y comenzó a recordar todo con mayor precisión. Dio pequeñas pinceladas con tonos ocre a su imaginación dormida por tantos años de intenciones dudosas y un conjuro antiguo, junto al lago de su adolescencia.

El lago de su adolescencia.

Aquel clima luminoso; luciérnagas y chicas de faldas largas con soluciones a precios de provincia y un lago, constante, misterioso, esperanzador.

La señora Márquez se levantó desnuda y se dirigió hacia la pintura del lago sobre la pared del departamento. Se imaginó a si misma en aquel lugar, siendo abrasada por la brisa, con la piel al aire, sin necesidad de derrumbar concreto para sentir el mundo en su estado salvaje. Aquella pintura, daba muestras de un espíritu salvaje. Aquel muro, ya había sido derribado, con una simple pintura.

- ¿Que lugar es este precioso?- Preguntó con un tono de voz inocente .

Catemaco se abría paso ante la camioneta de su padre, veía por la ventana como todas las chicas guapas del pueblo los miraban con gran curiosidad. Días antes pepe su amigo se lo había comentado junto a la canchas de pascual.

- Es que en tu familia todos están re feos. 


El puerco absorbió ese comentario como si fuera un disolvente de sueño infantiles. Desde siempre lo había sabido, la belleza física no era una característica primordial en sus genes, pero ¿Qué se le podía a hacer? Todos de alguna manera le habían demostrado que eso no era importante. Sin embargo, después de algunos días, a todos les importaba demasiado. Sobre todo a las chicas.

Observó entonces a una de las pequeñas gitanas, estaba absorta en el lago, con una mano recargada en su espalda baja, tenia las caderas ancha y la cintura como maniquí del palacio de hierro. La observo de lejos, con diecisiete años en los hombros y ningún rostro en su historial de amoríos.

Amoríos vienen, amoríos van; debajo de las nalgas de la chica Matilde el sudor frío de una noche difícil se abría pasó:

Las plantas, el humo y el rostro de su padre sobre ella caían sobre su cabeza como monedas en cazuela de cobre, como las palabras antes aprendidas; un par de peces en el pecho, Nahual protector y listo; el conjuro estaba hecho.

Ella no quería hacerlo, pero había algo en su padre, una chispa, un piquete en la panza que la llevo a tocarle el rostro con sus labios y besarlo hasta que fue inevitable, lo soñó y vivió el mismo instante bajo las ramas, con los adrianes olisqueando sus gritos.

- Nos están viendo todos los adrianes Matilde- dijo su padre con voz sudorosa.

Una pistola de imágenes se disparó en sus ojos, los vio sentados, con su vino Guayembe, enojados, justo como se los mostró su tía en un dibujo amarillento y húmedo.

“Los adrianes te beben con la mirada, te enamoran con su vino Guayembe y sus peces sobre el pecho, te abren los ojos y se comen tus pupilas, te abren las piernas y te dejan preñada con pesadillas. Y vives con ellos años, hasta que te haces vieja de alma y te regresan a patadas al pueblo, con toda la ropa raída. Ten cuidado Matilde, si sigues jugando con ellos te van a encantar de calentura”

Más tarde Matilde conoció al puerco.

El le pidió una simple cita frente al kiosco del lago, con flores y sonrisas de chilango. Ella aceptó, la poca belleza del puerco le dio confianza, sabia que necesitaba nuevas ratas en su laboratorio, sabia que hasta esa tarde, su sed de poder no se había saciado.

Tres horas después los dos muy juntos en el malecón se besaban, se decían cosas bonitas que jamás recordarían, ella se dio cuenta de que algo sucedía y tuvo miedo, tuvo que justificar su cosquilleo en el estomago.

Lo llevó hacia los adrianes, le hizo prometer que nada seria verdad si no era por ella, se transformo en su diosa de mate y el bebió esa versión de la vida mientras los peces morían en su pecho. La chica abrió las piernas mientras el conjuro se impregnaba en la piel del puerco.

Abrió las piernas y dijo:

“Eres mío puerco, eres mío, te doy de comer pan blando entre mis piernas, te hago café para que te calmes y dejes de chillar mientras piensas, tendrás a todas las chicas que quieras, pero serás mío, los adrianes se enojaran y querrán buscarme, pero tu estarás lejos, con mi secreto muy clavado entre tus viseras, con mis palabras y el jugo de mi existencia resbalando por tu mejilla, cada noche solitaria, cada noche, aunque respires en mil orejas.”

El puerco regresó al hotel al día siguiente, con las pupilas dilatadas. Despierta a veces y se da cuenta de que odia las piernas abiertas, el quería ser algo distinto, no un silencioso verdugo de mujeres de cuarenta.

El quería ser

El quería encontrar

El quería beber y emborracharse

El quería volar a otro lugar en su sueños que no fuera el kiosco y la sonrisa de aquella chica morena.

Ya era de madrugada cuando el puerco terminó de contar su historia. La señora Márquez lo observaba con atención; lo supo, aunque nadie se lo dijera, lo supo y también supo que al día siguiente ya no sentiría nada. Pero debía salvarlo, debía ser mas poderosa que la chica morena.

- Voy a romper el conjuro precioso.

Dijo la señora Márquez mientras se quitaba la pantaletas. El puerco no lo dudo un segundo y se deshizo del pudor y los años de pena con el simple bajar de su cierre.

- A puro sentón pero lo voy a romper mi precioso. 


Los dos jadeantes tomaron la posición correcta, la señora Márquez se preparo para el primer embate y sin dudarlo descendió sobre el miembro del puerco.

Mientras, a miles de kilómetros de ese lugar, Matilde escupió sangre sobre uno de sus clientes, sintió un balazo en el pecho mientras servia un poco de café en el local de siempre.

La señora Márquez gritó, sus entrañas estallaron y se llenaron de un jubilo sin precedentes. El puerco no pudo emitir ningún sonido, sentía que todas las paredes se le venían encima.

En Catemaco Matilde corría lejos de su lugar de trabajo, escuchandolos gritos de los adrianes maldiciéndola en un idioma desconocido, su pecho ardía y la bala mágica seguía penetrándola.

El sudor empezó a correr por la frente de la señora Márquez, sus piernas temblaban al segundo embate. El puerco miró hacia la luna y vio la cara de un Adrián sonriente, agradeciendo la maldición que estaba provocando en el cuerpo de la mesera.

La misma luna callo sobre Matilde, obligándola a arrancarse la blusa y empezar a revolcarse frente al malecón de Catemaco. Nadie la ayudó. Sus senos brillaban con el reflejo del lago, pero nadie la ayudó. Todos sabían que había hecho, prefirieron pasar de largo y esperar a que los adrianes cumplieran con su trabajo.

En ese instante la señora Márquez vio luces como las de su habitación de pequeña. Imaginó los días y los juguetes mientras su cuerpo se movía frenéticamente, cabalgando hacia la nada.

Segundos después los ojos de Matilde estallaron; nunca mas verían la noche , nunca más podría sentir las imágenes deslizándose lentamente en su recuerdo, nunca más apreciaría su cuerpo desnudo frente al espejo.

El orgasmo se acercaba, el sillón comenzó a tronar destruyendo las botellas prohibidas sobre la superficie de duela sin sentido, sin palabras.

Entonces Matilde vio las luces en su cabeza emergiendo de la selva que siempre había amado. Un par de policías pasaron junto a su cuerpo y se estremecieron un poco pero no la vieron. Horas después solo encontrarían su blusa rota junto a unas ligeras marcas de sangre .

Matilde gritó desde su tumba invisible, con un aullido que nadie escuchó por que ella ya no estaba en este mundo. Ella ya había sido devorada por el silencio.

La señora Márquez ahogo su último grito en un tono tan agudo que solo los perros del vecino lograron escucharla. Minutos después, el vecindario entero aullaba.

Los adrianes tomaron el alma de María y se la llevaron hacia las sombras de su escondite.

No muy lejos de ahí, su padre despertó como de un sueño profundo, supo que algo había sucedido en el mundo, volvió a respirar el roció de la selva y comprendió que todo había terminado; su hija Matilde estaba ahora corriendo despavorida entre la maleza de los Tuxtlas, envuelta en adrianes. La choza del padre comenzó a temblar hasta que las paredes se quebraron y terminaron con su último segundo de felicidad, llevándose su alma de vuelta a lugar de origen; el rincón mas oscuro y hospitalario del lago de Catemaco .

La señora Márquez cayó sobre el puerco con lagrimas en los ojos, este empezó acariciar su espalda sudorosa pasados unos segundos, sin entender bien que es lo que había sucedido. Respiro profundamente, como después de una batalla antigua.

Ella respondió con la voz mas dulce que un hombre jamás ha escuchado.

- Te lo dije precioso, te lo dije. 


jueves, 1 de julio de 2010

La pinche vieja se está escapando.

La señora Márquez asomó su cabeza por el agujero que había dejado su primer ataque. Miró hacia el precipicio, nadie había salido herido, algunos en la calle volteaban hacia arriba preguntándose de donde habían venido aquella rocas voladoras. Entonces, desde los cielos, la señora Márquez gritó, y gritó, y gritó hasta que la garganta ya no le dio respuesta. Cayó sobre el suelo lleno de polvo de la cocina y comenzó a llorar, como lo hacia siempre que pasaba por una emoción fuerte.

Tres años antes, su marido y ella reían en el Ritz, con tres copas sucias en la mesa y un paté de iguana a medio acabar. Los ojos se cruzaban sobre las facciones del otro, y experimentaban un placer nunca antes descrito. La señora Márquez apretó las piernas, y sonrió, su marido solo la miraba expectante, a través de aquellas gafas de abuelo usadas, con esa mirada que solía derretir los deseos de algo mas que no fuera la compañía mutua; morir juntos, en el mar, lejos de todo, cuando su hijo ya no estuviera, cuando el destino llegara a cobrarles factura por tanta felicidad.

Al Ritz le siguió su cama, Genaro dormía silenciosamente, nadie podía ser testigo de la batalla carnal que acontecía entre sus sabanas, hombre y mujer, juntos por primera vez en años, juntos, sudando, jadeando, diciéndose frases incomprensibles al oído, con el estomago caliente, con el pecho inflándose de olor del otro, con sus uñas se clavándose en la espalda y la primera pared fue derribada, se reconstruyó y el mazo regresó a su dueño, todo iba hacia adelante y de regreso a su momento inicial , después de eso, humedad bajo los ojos, Márquez lloró por primera vez después del coito, su marido la consoló la noche entera.

A través de la pared, mas allá del cableado y la cal, Liliana la chica del aseo escuchaba todo, con una mano entre las piernas. Ella al igual que la pareja hace unos segundos se encontraba a punto de estallar. Entonces escuchó el sollozo y paró, volteó a ver la foto de su marido y comenzó a llorar también, se pegó un par de veces en la cabeza, se obligó a recordar que eso no podía estar sucediendo y que alguien la iba a castigar por haber sentido esas cosas.

Tres años después Liliana vio a la señora Márquez llorando, tirada en el suelo, con la falda hasta las rodillas y la cal ensuciando su piel. La miró pidiendo ayuda de nuevo, como la niña pequeña que siempre habia sido, como la estupida niña berrinchuda que siempre habia sido.

Tocaron la puerta. Márquez se levantó asustada, se arregló la falda y se limpió las lagrimas de la cara.

- Ve quién es Liliana - Dijo con la voz aun débil.

Liliana se dirigió lentamente hacia la puerta mientras Márquez se limpiaba las rodillas con un poco de agua del lavabo, volvieron a tocar la puerta con mas violencia. Liliana se preparó para soltar la primera frase.

- ¿Quien es?

Una voz seca se coló por la puerta e hizo retumbar el corazón de Liliana.

- Señora es la policía ¿Qué hago?

Márquez pensó, pensó mucho tiempo antes de darse cuenta de que a lado del hoyo que acababa de hacer había un balcón lo suficientemente cercano como para escapar, como para tener una nueva vida, lejos de todo, de las consecuencias, de los juicios, de la vida sin sentido que hasta ese momento había llevado. Entonces dijo con la misma voz con la cual dicto la sentencia de destrucción a la pared.

- Mandalos a chingar a su madre Liliana, vámonos de aquí.

De un solo salto logró afianzarse del barandal del balcón. Tomo un poco de aire y miró hacia el precipicio, varios valet parking tomaban videos de su ropa interior blanca mientras un par de señoras gritaban frases como “se está escapando, la pinche vieja se está escapando”. No se rindió ahí, aun faltaba Liliana, como pudo giró sobre el barandal y cayó ya dentro del balcón. Del otro lado la chica la observaba congelada de miedo.

- Pásame el pinche mazo no te quedes ahí como mensa.

Liliana salió de su trance como si le hubiera dado una cachetada. Después de recuperado el aliento cargo el pesado mazo hacia el precipicio y se lo aproximo con los ojos cerrados a la señora Márquez.

- Ahora vas tú mujer.

- No puedo señora, le tengo miedo a las alturas.

Once años antes, en el poblado de Acambay, frente al desfiladero del tuerto (apodado así, por un incidente legendario donde un hombre tuerto, deprimido por una vida llena de burlas, decidió terminar con su vida arrojándose desde aquel mismo desfiladero) Liliana se encontraba manoseándose con su novio en curso; Miguel, quien después de varias semanas de insistencia había logrado un noviazgo con ella.

A la chica le gustaba Miguel, era alto, luchón, moreno y buen besador. Le gustaba tanto que Liliana no pudo evitar ponerse salvaje y arrojarlo sobre la tierra, para después montársele como fiera. Los dos jadeaban, jadeaban fuerte, tan fuerte que un perro salvaje de esos que sólo existen en provincia, decidió acercar su hocico a aquella zona, en busca de algún conejo agonizante. Lo que encontró fue una pareja ruidosa, con suficiente carne como para saciar su sed de violencia por varias semanas.

Liliana escuchó el primer gruñido cerca de su oído, para cuando volteó la fiera ya había comenzado a atacar la pierna de miguel. Este, en un intento por lanzar al perro hacia el vacio aventó a Liliana y comenzó a pelear cuerpo a cuerpo con la fiera, cada vez se acercaban mas al precipicio. Ella solo observaba, sin decir nada, en trance. El perro salvaje tomo carrera y de un brincó mordió el cuello del muchacho, el impacto fue tan grande que Miguel se hecho hacia atrás, tan atrás que no pudo conservar el equilibro y cayó sobre aquel desfiladero, el cual ahora, lleva su nombre.

- Bueno, intenta cerrando los ojos, pero salta, no quiero que nos agarren.

- ¿Y Genaro señora?

- Genaro es menor de edad, no le van a hacer nada, ¡Salta!.

Liliana cerró los ojos y recordó la cuerda, la víbora, el avión pintado en el suelo, se imagino que era una bola de papel mojada y sus lagrimas venían de la llave, dio un salto lento, casi eterno. Extendió la mano y esperó por medio segundo que alguien la tomara.

Pero no sucedió.

Para cuando Liliana abrió los ojos la señora Márquez la miraba desde las alturas, con los ojos llenos de miedo. Entonces la escuchó una vez mas, cerca de su oído, susurrándole que estaba muy borracha, que los días eran pesados y que desde siempre había tenido ganas de experimentar, la escuchó con los ojos llenos de lagrimas y un “señora todo va estar bien” que fue interrumpido por el estruendo que hizo su cuerpo al caer sobre el asfalto.

Liliana Medina, 32 años de edad. Dos hijos, marido difunto, empleada domestica.

- Ya estas mi reina, ya te tengo, ¿ves que fácil era?

Liliana abrió los ojos una vez mas, la señora Márquez la miraba fijamente mientras le sostenía la cara con ambas manos, el asfalto se veia tan lejano desde el balcón.

- ¿Ves que fácil era?

Liliana miró hacia el cielo, volvió a creer en los milagros.

- Ay señora, yo pensé que no lo iba a lograr.

Diana Márquez rompe el vidrio de la sala con el codo, atraviesa el departamento del vecino con una furia nunca antes vista, no hay nadie en casa. Intenta abrir la puerta, el mazo termina el trabajo, baja las escaleras berreando, cae en el ultimo escalón, entonces golpea el suelo y grita el nombre de Liliana hasta que escucha a los policías atravesar la puerta principal del edificio. Toma su mazo de nuevo, es hora de atacar, comienza a golpear el primer muro que encuentra, los policías suben por el elevador hacia el departamento, ella sigue, los policías ven la puerta de las escaleras abierta, el muro esta a punto de caer, se escuchan pasos un piso arriba,

Un martillo sale volando por entre un hoyo en la calle Yuridia, después, una señora llena de cal emerge del agujero y cae sobre el asfalto. Un hombre moreno y gordo se acerca a ayudarla, ella voltea a verlo, se miran un largo rato, ella lo abraza y se quedan ahí, mientras los policías extienden su manos a través del agujero en un intento vano de alcanzarlos. Nadie entiende bien la escena, solo observan, expectantes, como escapan de las fauces de los policías, cómo doblan en la esquina y desaparecen para siempre.

Al otro lado de la cuadra, por entre los escombros, se escucha una voz que grita, como si fuera una sirena de simulacro: “Está viva, esta señorita aun está viva”.

martes, 7 de abril de 2009

Hay una señora parada en la pared

La señora Márquez llegó a su casa armada con un martillo de demolición usado, nadie supo jamás cómo la había conseguido. Abrió la puerta violentamente con él creando un mar de astillas las cuales volaron hasta la sala. La chica del aseo se asomó asustada desde la cocina.

- ¿Qué hace con eso, señora?

- Vine a demoler esa pared.

La pared de la cocina representaba un obstáculo claro para sus necesidades, las cuales, después de tantos años se habían transformado en una sed enorme de destrucción que no se saciaba con los amantes ocasionales ni con las pastillas de prescripción médica, necesitaba algo más fuerte.

- Quiero más luz en la casa.

- ¿Pero qué va a hacer señora? ¿la va a tirar y después va a poner una ventana?

- No. Necesito luz y viento ¿no estás cansada de tantos cristales, de tanta protección?

La muchacha se quedó estática, le gustaba la protección. Desde siempre había sido una mujer tranquila de clase baja en busca de un refugio bonito donde guardar a sus críos. La pobre mujer había imaginado que tal vez cuando la señora Márquez falleciera en una de sus locuras aquella casa podría ser heredada por su familia. La señora había dicho si, meses atrás, durante una borrachera femenina en la que las dos participaron activamente hasta provocar un beso lésbico en el cuarto de servicio.

- ¿Eh? ¿No te molesta?

- Cálmese señora, es sólo una pared.

- No, no es sólo eso, es un obstáculo para que el mundo exterior entre y eduque a mi hijo ¿dónde está Genaro? ¡Genaro! 


Genaro salió de su habitación, con los ojos a medio abrir, sin preguntar se acerco a su mama y trató de abrazarla, ella quitó su cuerpo haciendo una pequeña expresión de rabia. Genaro se quedó estático y mirando hacia el suelo, pensando en todas aquellas veces que había tratado de abrazarla, de todas las veces que había intentado quererla y de muchas otras veces que no tienen importancia para esta narración .

- ¿Que pasó mama?

Diana Márquez abrió la boca enseñando sus dientes perfectamente blancos, sus labios humectados con el precio alto de su labial, abrió la boca y de sus ojos salieron chispas, como aquellas que iluminaban el cuarto de Genaro cada noche, mientras dormía.

- ¿Te gusta esa pared? 


Genaro sabia que aquellas chispas solo venían de su subconsciente, que eran solo una muestra de sus más oscuros deseos y que nada de lo que hubiera soñado se podía hacer realidad. Volteó a ver la pared, la misma pared de siempre, no tenía ningún cambio.

- Es sólo una pared mamá, no le veo nada.

- No te estoy preguntando si le ves algo, te estoy preguntando si te molesta. 


Genaro intento ver mas allá de la pared, a través de la cal, intentó hacerla pedazos con la mente y descubrir su esencia. La duda máxima, los muros, toda aquella tarde reflexionó sobre los muros y como el hacerlos pedazos podía ser la clave para muchas otras cosas. Volteó a ver su madre con un dejo de orgullo. Aquella mujer, para él, estaba haciendo algo distinto, estaba juzgando su vida y al mismo tiempo, la de la humanidad entera. Diana Márquez después de tanto esperar respuesta sintió el peso de su mazo, dejó caerlo sobre el azulejo tronando un poco de su esmalte, Genaro reaccionó con extrañeza.

- ¿Mamá qué es eso? ¿Por que traes un mazo de demolición?

- Por que quiero tumbar la pared.

Genaro entendió todo, este era el final de la vida como la había conocido, las profecías eran ciertas, todo este tiempo había tratado de evadirse de que nada iba suceder pero era inminente, nunca pensó que la cosa empezara con su madre volviéndose loca y destrozando la pared de la cocina, pero que mas daba. Genaro sabia que las cosas estallaban de la manera menos predecible, no había ninguna pagina de Internet que pudiera explicar eso. Así que decidió no hacer nada, simplemente seguir con el protocolo madre - hijo incomprendido que habían llevado por años. Regresar habitación, abrir su foro personalizado y anunciarle al mundo entero de que la faena había comenzado.

- ¿Genaro a donde vas? Voy a tumbar esa pared, no me importa, la odio, y también odio tu computadora. ¡Si no sales a jugar o algo así también la voy a demoler eh! ¿entiendes?

Diana respiró profundo y observó cómo su hijo regresaba a su habitación para seguir evadiéndose en la computadora que había adquirido una semana antes por medio de la tarjeta de crédito del esposo de Márquez, quien para esos días ya decía que su mujer estaba loca.

- Has de creer que estoy loca, Genaro, pero ya verás, cuando tumbe esa pared verás de qué se trata todo esto.

La respuesta fue un portazo fuerte que hizo zumbar los oídos de la señora hasta dejarla más inconsciente de lo que estaba. Miró de nuevo a su enemigo, era blanco, con pequeñas estrías las cuales la habían convencido años antes de que eran un bonito detalle decorativo. Pero ya no era así, aquellas estrías eran ahora las venas de aquel monstruo de cal encapsuladora.

Sonó el teléfono, la chica del aseó respondió al segundo tono, se quedó congelada unos instantes frente al teléfono de la cocina.

- Señora, son los del banco otra vez, seguro le quieren decir sobre su deuda.

- Diles que no estoy.

- Pero señora ya van semanas que les digo que no está, ya no me van a creer.

La señora Márquez levantó el mazo para después dejarlo caer sobre la duela, creando así un estruendo alarmante.

- Este… no, fíjese que en este momento no está… salió a la calle.

Entonces decidió que era hora; los años, la vida, las piernas abiertas, los perfumes, los jadeos y un empleo de medias rasgadas, todo, todo era culpa de aquella asquerosa pared. Era claro que sus problemas venían de otra parte, que aquellos vacíos que sentía cada vez que se subía a su camioneta para ir a los cursos vespertinos producto de su estrategia adúltera no eran culpa de una pobre placa de concreto y yeso. Sin embargo era inevitable, sus hormonas habían llegado a un límite, las horas ya no le sabían a te Chai de amigas en sábado. Todo era amargo, como las cervezas irlandesas que tanto adoraba su esposo. Tenía que volver a amarlo, tenía que dejar de hacer pedazos su matrimonio y destruir algo más, algo como aquella pared. Caminó unos pasos hacia atrás, respiró hondo y dobló el cuello para tronárselo. Después con una voz ronca y masculina dijo:

- Desde hoy ya no existirás más, pinche pared.

Con grito venido de lo más hondo de su angustia se abalanzó contra aquella pared, derribándola de un solo golpe. Los vecinos se quejaron mucho, pero nadie se atrevió a enfrentar a aquella mujer del mazo rompe murallas. Decían que estaba loca, que su familia vivía aterrorizada bajo su dominio demoledor. Pero nadie tuvo tiempo de comprobarlo, dos semanas después, todos ellos estaban muertos.