Un mazo enorme cubría la ciudad esa tarde, los rostros de todos voltearon a verlo, sin miedo, con una gran sonrisa en el rostro. Liliana bailaba arriba de un edificio y la señora Márquez corría, ella era la única que sabia que estaba sucediendo. Entonces abrió los ojos y vio a aquel hombre encima de ella, penetrándola fuertemente, dio un pequeño gemido y el mazo cayó sobre todos, haciéndolos mierda; negocios, paredes, manos, se comprimieron bajo su fuerza y gritaron de dolor, un gran mar de sangre emergió de las orillas del mazo y salpico todo el interior de la republica, lo sentía cerca.
- Te siento totalmente dentro de mí, eres fantástico.
El hombre siguió embistiendo al ritmo de su jadeo, recordaba todo y lo olvidaba a cada empujón. Esa noche las estrellas brillaban tenues y el seguía ahí, dando su alma a un cuerpo que ya hace tiempo estaba muerto.
“Puerco Puerco” gritaron los niños en el parque veinte años atrás, y el hombre se encorvó sobre sus piernas y comenzó a llorar. Poco a poco sintió la enfermedad que cubrió su rostro por el resto de su infancia. Abrió los ojos de nuevo. El placer se transformó en dolor y el cadáver frente a el seguía gimiendo.
Ella lamía la sangre del suelo, tratando de recobrar un poco de humanidad mientras le gritaba pestes al mazo que acabó con todo lo que conocía. Los dos, sonreían con el dolor perforándoles la piel. Los dos, empujaron y un agujero negro se abrió entre sus realidades. Un niño fue masacrado entonces por la señora Márquez, mientras que el hombre al que llamaban puerco, sostenía el mazo gigante para salvar a la humanidad entera.
Y así siguieron, hasta que les llegó el orgasmo.
Horas antes, en alguna estación de metro los dos reían, sin ningún chiste de por medio.
Los pasajeros miraban indiscretos la extraña condición de la nueva pareja en el vagón, una pareja inestable y dudosa que los hacia cuestionar su propia vida a cada beso falso que se daban. Mucha saliva y poca experiencia, eran como un par de adolescentes huyendo de la escuela, el deseo indefinido que uno tiene al pensar en el amor perfecto. Una idea, un símbolo de ingratitud hacia las barreras del subconsciente. Reían sin ningún chiste de por medio, hombre gordo, señora herida.
La señora Marquez cayó sobre el cuerpo abultado de su pareja, miró hacia la ventana sucia del departamento.
- ¿En qué piso estamos precioso?
El quinientos uno era el departamento mas misterioso de aquel edificio, los vecinos murmuraban cosas cada vez que su único inquilino cruzaba frente a sus puertas, jadeando como todas las noches, nadie sabia su nombre, decían que era un asesino a sueldo, un fantasma de ciudad de esos que comen y se comportan como vivos.
“Ese hombre está como muerto, algo muy malo le ha de haber pasado” comentaba la del dos, una tarde en que el puerco regresaba temprano, con su cara destrozada por tanta realidad subterránea. Sin embargo entre las adolescentes del edificio las creencias eran otras, aquel inquilino de piel morena había provocado un efecto poco común entre las jovencitas; les carcomía la entrepierna, a cada una de ellas. Todo comenzó meses antes, cuando la morocha decidió hacerle platica iniciando la conversación con un ligero:
- ¿Por qué no te has casado puerco?
Al lo que el respondió, con su voz suave y conquistadora.
- ¿Para qué? Todas las mujeres me terminan aburriendo.
Después de eso la morocha comenzó a espiarlo, tocaba su timbre para ver si el hombre salía desnudo, siempre tratando de descifrar su misterio, lo observaba, todos los viernes en la noche, llevando chicas a su departamento, las escuchaba a través de la puerta gimiendo como locas y suplicando que la noche no acabara, también las veía bajar del quinto piso con una gran sonrisa melancólica después de pasar la noche con aquel hombre. Entonces la leyenda fue escribiendo por si sola, en el patio, frente al portón, a través de los teléfonos y de las notitas en el salón de clases. Nadie se imaginaba la verdad escondida bajo sus muebles.
- Me quiero parar precioso, ya me duelen las piernas.
El hombre desmonto a la señora Márquez dando un pequeño gruñido, el cual fue correspondido por ella con uno mucho mas femenino y sensual. El hombre sonrió y entre las sombras se pudieron notar sus dientes, blanqueados dos días antes en el consultorio de su ex amante.
Las mujeres se combinaron en su cabeza como pintura sobre godete antiguo, exhaló un aire con olor a aguarrás y comenzó a recordar todo con mayor precisión. Dio pequeñas pinceladas con tonos ocre a su imaginación dormida por tantos años de intenciones dudosas y un conjuro antiguo, junto al lago de su adolescencia.
El lago de su adolescencia.
Aquel clima luminoso; luciérnagas y chicas de faldas largas con soluciones a precios de provincia y un lago, constante, misterioso, esperanzador.
La señora Márquez se levantó desnuda y se dirigió hacia la pintura del lago sobre la pared del departamento. Se imaginó a si misma en aquel lugar, siendo abrasada por la brisa, con la piel al aire, sin necesidad de derrumbar concreto para sentir el mundo en su estado salvaje. Aquella pintura, daba muestras de un espíritu salvaje. Aquel muro, ya había sido derribado, con una simple pintura.
- ¿Que lugar es este precioso?- Preguntó con un tono de voz inocente .
Catemaco se abría paso ante la camioneta de su padre, veía por la ventana como todas las chicas guapas del pueblo los miraban con gran curiosidad. Días antes pepe su amigo se lo había comentado junto a la canchas de pascual.
- Es que en tu familia todos están re feos.
El puerco absorbió ese comentario como si fuera un disolvente de sueño infantiles. Desde siempre lo había sabido, la belleza física no era una característica primordial en sus genes, pero ¿Qué se le podía a hacer? Todos de alguna manera le habían demostrado que eso no era importante. Sin embargo, después de algunos días, a todos les importaba demasiado. Sobre todo a las chicas.
Observó entonces a una de las pequeñas gitanas, estaba absorta en el lago, con una mano recargada en su espalda baja, tenia las caderas ancha y la cintura como maniquí del palacio de hierro. La observo de lejos, con diecisiete años en los hombros y ningún rostro en su historial de amoríos.
Amoríos vienen, amoríos van; debajo de las nalgas de la chica Matilde el sudor frío de una noche difícil se abría pasó:
Las plantas, el humo y el rostro de su padre sobre ella caían sobre su cabeza como monedas en cazuela de cobre, como las palabras antes aprendidas; un par de peces en el pecho, Nahual protector y listo; el conjuro estaba hecho.
Ella no quería hacerlo, pero había algo en su padre, una chispa, un piquete en la panza que la llevo a tocarle el rostro con sus labios y besarlo hasta que fue inevitable, lo soñó y vivió el mismo instante bajo las ramas, con los adrianes olisqueando sus gritos.
- Nos están viendo todos los adrianes Matilde- dijo su padre con voz sudorosa.
Una pistola de imágenes se disparó en sus ojos, los vio sentados, con su vino Guayembe, enojados, justo como se los mostró su tía en un dibujo amarillento y húmedo.
“Los adrianes te beben con la mirada, te enamoran con su vino Guayembe y sus peces sobre el pecho, te abren los ojos y se comen tus pupilas, te abren las piernas y te dejan preñada con pesadillas. Y vives con ellos años, hasta que te haces vieja de alma y te regresan a patadas al pueblo, con toda la ropa raída. Ten cuidado Matilde, si sigues jugando con ellos te van a encantar de calentura”
Más tarde Matilde conoció al puerco.
El le pidió una simple cita frente al kiosco del lago, con flores y sonrisas de chilango. Ella aceptó, la poca belleza del puerco le dio confianza, sabia que necesitaba nuevas ratas en su laboratorio, sabia que hasta esa tarde, su sed de poder no se había saciado.
Tres horas después los dos muy juntos en el malecón se besaban, se decían cosas bonitas que jamás recordarían, ella se dio cuenta de que algo sucedía y tuvo miedo, tuvo que justificar su cosquilleo en el estomago.
Lo llevó hacia los adrianes, le hizo prometer que nada seria verdad si no era por ella, se transformo en su diosa de mate y el bebió esa versión de la vida mientras los peces morían en su pecho. La chica abrió las piernas mientras el conjuro se impregnaba en la piel del puerco.
Abrió las piernas y dijo:
“Eres mío puerco, eres mío, te doy de comer pan blando entre mis piernas, te hago café para que te calmes y dejes de chillar mientras piensas, tendrás a todas las chicas que quieras, pero serás mío, los adrianes se enojaran y querrán buscarme, pero tu estarás lejos, con mi secreto muy clavado entre tus viseras, con mis palabras y el jugo de mi existencia resbalando por tu mejilla, cada noche solitaria, cada noche, aunque respires en mil orejas.”
El puerco regresó al hotel al día siguiente, con las pupilas dilatadas. Despierta a veces y se da cuenta de que odia las piernas abiertas, el quería ser algo distinto, no un silencioso verdugo de mujeres de cuarenta.
El quería ser
El quería encontrar
El quería beber y emborracharse
El quería volar a otro lugar en su sueños que no fuera el kiosco y la sonrisa de aquella chica morena.
Ya era de madrugada cuando el puerco terminó de contar su historia. La señora Márquez lo observaba con atención; lo supo, aunque nadie se lo dijera, lo supo y también supo que al día siguiente ya no sentiría nada. Pero debía salvarlo, debía ser mas poderosa que la chica morena.
- Voy a romper el conjuro precioso.
Dijo la señora Márquez mientras se quitaba la pantaletas. El puerco no lo dudo un segundo y se deshizo del pudor y los años de pena con el simple bajar de su cierre.
- A puro sentón pero lo voy a romper mi precioso.
Los dos jadeantes tomaron la posición correcta, la señora Márquez se preparo para el primer embate y sin dudarlo descendió sobre el miembro del puerco.
Mientras, a miles de kilómetros de ese lugar, Matilde escupió sangre sobre uno de sus clientes, sintió un balazo en el pecho mientras servia un poco de café en el local de siempre.
La señora Márquez gritó, sus entrañas estallaron y se llenaron de un jubilo sin precedentes. El puerco no pudo emitir ningún sonido, sentía que todas las paredes se le venían encima.
En Catemaco Matilde corría lejos de su lugar de trabajo, escuchandolos gritos de los adrianes maldiciéndola en un idioma desconocido, su pecho ardía y la bala mágica seguía penetrándola.
El sudor empezó a correr por la frente de la señora Márquez, sus piernas temblaban al segundo embate. El puerco miró hacia la luna y vio la cara de un Adrián sonriente, agradeciendo la maldición que estaba provocando en el cuerpo de la mesera.
La misma luna callo sobre Matilde, obligándola a arrancarse la blusa y empezar a revolcarse frente al malecón de Catemaco. Nadie la ayudó. Sus senos brillaban con el reflejo del lago, pero nadie la ayudó. Todos sabían que había hecho, prefirieron pasar de largo y esperar a que los adrianes cumplieran con su trabajo.
En ese instante la señora Márquez vio luces como las de su habitación de pequeña. Imaginó los días y los juguetes mientras su cuerpo se movía frenéticamente, cabalgando hacia la nada.
Segundos después los ojos de Matilde estallaron; nunca mas verían la noche , nunca más podría sentir las imágenes deslizándose lentamente en su recuerdo, nunca más apreciaría su cuerpo desnudo frente al espejo.
El orgasmo se acercaba, el sillón comenzó a tronar destruyendo las botellas prohibidas sobre la superficie de duela sin sentido, sin palabras.
Entonces Matilde vio las luces en su cabeza emergiendo de la selva que siempre había amado. Un par de policías pasaron junto a su cuerpo y se estremecieron un poco pero no la vieron. Horas después solo encontrarían su blusa rota junto a unas ligeras marcas de sangre .
Matilde gritó desde su tumba invisible, con un aullido que nadie escuchó por que ella ya no estaba en este mundo. Ella ya había sido devorada por el silencio.
La señora Márquez ahogo su último grito en un tono tan agudo que solo los perros del vecino lograron escucharla. Minutos después, el vecindario entero aullaba.
Los adrianes tomaron el alma de María y se la llevaron hacia las sombras de su escondite.
No muy lejos de ahí, su padre despertó como de un sueño profundo, supo que algo había sucedido en el mundo, volvió a respirar el roció de la selva y comprendió que todo había terminado; su hija Matilde estaba ahora corriendo despavorida entre la maleza de los Tuxtlas, envuelta en adrianes. La choza del padre comenzó a temblar hasta que las paredes se quebraron y terminaron con su último segundo de felicidad, llevándose su alma de vuelta a lugar de origen; el rincón mas oscuro y hospitalario del lago de Catemaco .
La señora Márquez cayó sobre el puerco con lagrimas en los ojos, este empezó acariciar su espalda sudorosa pasados unos segundos, sin entender bien que es lo que había sucedido. Respiro profundamente, como después de una batalla antigua.
Ella respondió con la voz mas dulce que un hombre jamás ha escuchado.
- Te lo dije precioso, te lo dije.
Se puede leer de 1 a 3, de 3 a 1... No he intentado variaciones con el dos. Sólo que si es de 3 a 1 el 3 resulta inconcluso en partes, ha de ser porque lo siguen dos.
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